Mostrando entradas con la etiqueta crónicas de un parto prematuro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crónicas de un parto prematuro. Mostrar todas las entradas

25 abr. 2018

A un año y medio de Isabel ¿Qué cambiaría?

Ha pasado un año y medio desde la llegada de Isabel y es cierto que su llegada no fue color de rosa, nada de un parto bello e idealizado. Hay algunos bebés a los que les toca llegar bajo otras circunstancias algo difíciles.

Cuando pensamos en el momento de su llegada, no sabemos si debemos reprochar o agradecer, después de todo, lo que cuenta es que Isabel está aquí sin importar cómo fue que llegó.

Cuando Isabel nació, no hablaban de un parto o un nacimiento, los médicos empleaban la frase "interrupción del embarazo". Ese término se oía triste ante nuestros oídos y a diferencia del jubilo que se vive cuándo una familia se entera que un bebé esta próximo a nacer, en nuestra familia todo fue desconcierto, desazón y lágrimas.

Desde el momento en que me internaron y dijeron que tendrían que interrumpir mi embarazo, no dejaban de recalcar las pocas posibilidades que tenía de sobrevivir mi bebé, y hasta llegaron a decirme que dejará de llorar al fin y al cabo me podía volver a embarazar.

No, Isabel no tenía ropa aguardándole en casa, ni siquiera una cuna y ni le habíamos organizado un baby shower, todavía faltaba tiempo para eso.

Recuerdo esa césarea como la más triste de mi vida, y aveces prefiero bloquear todos esos recuerdos tan dolorosos y dejarlos en el pasado de dónde no deben salir. Siempre recordamos la impresión que tuvimos al ver a Isabel por primera vez, no era un bebé convencional gordito, era una bebé sumamente pequeña, delgada y frágil. De verdad que la Isabel de hoy es totalmente otra que la Isabel de un año atrás, pero a un año y medio de su nacimiento, creemos que todo valió la pena pues ella esta hermosa, sana y feliz. Sin embargo creemos que nos hubiera gustado que algunas cosas fueran diferentes.

Nos hubiera gustado mucho que las palabras de los doctores fueran más alentadoras y su actitud menos pesimista, por ejemplo: podrían habernos dicho que Isabel no era la única bebé prematura en ese hospital, que a diario nacen muchos niños de manera prematura y que las posibilidades de sobrevivir son cada vez mayores.

Me hubiera gustado que me dijeran que no me preocupara, que el hospital contaba con el equipo suficiente y el personal adecuado para hacer frente a la emergencia y que harían lo posible por que mi bebé sobreviviera.

Me hubiera encantado que me dieran las cifras de todos los bebés que a diario egresan del hospital porque han superado las adversidades, en lugar de decirme que en cualquier momento la vida de mi bebé podía acabar.

Me hubiera gustado que los médicos fueran siempre honestos, que desde un principio hubieran dejado claro que no habría forma de que yo regresara a casa para continuar con mi embarazo y que la interrupción del embarazo era la única solución.

Me hubiera gustado que me dejarán hablar con mis familiares, y no que me tuvieran recluida sin contacto alguno con ellos, en verdad era tremendamente angustiante no saber si ellos sabían qué pasaba conmigo.

Me hubiera gustado personal más empático, y no debería ser sólo un sueño. El hecho de que un embarazo se convierta en una situación delicada y grave, no quiere decir que debe dejar de ser un parto humanizado. 

Hoy prefiero no recordar todos esos momentos y esas lágrimas amargas, esa incertidumbre y ese desazón, hoy prefiero enfocarme en esos primeros pasos de Isabel, en esa gran sonrisa y en esas primeras palabras que llenan el alma. Hoy la tempestad ha quedado atrás para dar paso a un hermoso momento de mi vida. Hoy sólo tengo el corazón lleno de agradecimiento por la hermosa vida de mis hijas y por su salud.


¿Te suena conocida esta historia? No olvides platicarnos tus vivencias.

28 feb. 2018

El parto que no fue


Cuando recuerdo el nacimiento de Isabel a menudo lo pienso cómo el parto que no pudo ser... ¿quién diría que puede haber partos tan no planeados, partos que se salen de control?
Cuando me embaracé de Isabel, mi segundo embarazo, estaba dispuesta a disfrutar todo lo que no disfrute 10 años atrás, a olvidar los miedos que me apabullaron como primeriza, a gozar a plenitud de un momento tan único y tan efímero a la vez. Ahora tenía la madurez que no se puede tener a los 17 años, estaba acompañada de mi pareja y quería que él al igual que yo disfrutara cada cambio de mi cuerpo, de ver crecer al bebé y disfrutar sus movimientos.

Todo era una aventura, todo queríamos planearlo perfectamente. Ya habíamos decidido el hospital donde iba a nacer, el mismo donde nació Constanza pues el trato me había parecido muy cálido y no tenía queja del ginecólogo ni los pediatras. Contaban con el personal al adecuado para llevar un parto y para atender a un bebé. Comenzábamos a pensar en el baby shower, mi mamá y yo deseábamos alquilar algún lugar y Edgar proponía que fuera en casa. Ya habíamos empezado a preparar el ahorro para pagar el parto, estábamos en tandas por aquí y tandas por allá para tener todo el dinero listo al arribo de Isabel y cuando parecía que todo iba viento en popa, empezaron a detectarme la presión arterial alta. No dimensionaba la gravedad de las cosas y no creí que pudiera desembocar en un parto muy muy prematuro.

Cuando el director general de la clínica donde me atendía me advirtió que de no normalizarse mi presión todo podría acabar en una interrupción del embarazo, me pareció algo exagerado y fatalista. Después de todo yo me sentía de maravilla ¿por qué tendría que llegarse a tan graves consecuencias? Y muy honesto me dijo que me recomendaba arreglar mis papeles de seguridad social pues de continuar con el mismo estado, mi bebé sería de alto riesgo y ellos no contaban con el equipo suficiente para atender una emergencia de esa talla. Y aunque me parecía que estaba exagerando las cosas, no lo dudamos y fuimos a darme de alta a la clínica más cercana del seguro social. Catalogaron mi embarazo de alto riesgo e inmediatamente me mandaron a realizar estudios diversos y una clínica de gineco obstetricia. ¡Ya no llegue! a ninguna de las citas... ni a la más cercana que era una semana después. Tan sólo dos días después de haberme dado de alta, me puse muy mal y me tuvieron que llevar a urgencias.

Seis meses y medio... 29 semanas... no había crecido mi barriga lo suficiente, no supe lo que era ya no poder cortarme las uñas o agacharme por el tamaño de mi barriga, ni sentir con intensidad los movimientos de Isabel, apenas sí eran perceptibles sus pataditas, no supe de la fatiga de ya no aguantar la barriga, de los pies cansados, y una vez más no supe de contracciones.

Qué caprichoso es el destino. Y que amargas me parecen las horas previas al nacimiento de mi bebé. Y cada que visitamos al pediatra en aquella clínica dónde me pensaba aliviar, siempre recuerdo como todos mis planes cambiaron. Y aunque al final todo valió la pena, y tengo un enorme agradecimiento con la vida, con Dios y con el personal que atendió a Isabel, siempre recuerdo todo como el parto que no pudo ser.

La imagen puede contener: una o varias personas e interior